"De una manera u otra cuando yo esté totalmente fuera
de nuestras oficinas, es posible que ustedes o sus sucesores quieran quitar mi
nombre de la puerta, también. Pueden querer llamarse “Twain, Rogers, Sawyer and Finn,
Inc.”….. o bien “Ajax Advertising” o lo que sea. Y será ciertamente aceptable
para mi, si es bueno para ustedes.
Pero déjenme decirles cuando les exigiré quitar mi
nombre de la puerta.
Eso será el día en que ustedes pasen más tiempo tratando
de hacer dinero que haciendo publicidad nuestra clase de publicidad.
Cuando se olviden que de la pura diversión de construir
avisos, el gozo que se saca de ello —el ambiente creativo del lugar—
tienen que ser para esta casta especial de escritores y artistas y
profesionales de los negocios que componen nuestra empresa y la hace latir, por
lo menos tan importantes como el dinero.
Cuando pierdan la sensación de desasosiego porque nada de
lo que hacen será jamás suficientemente bueno.
Cuando pierdan la seducción de la tarea por la tarea
misma —independientemente del cliente, del dinero o del esfuerzo que tome.
Cuando ustedes pierdan la pasión por el esmero… su
aversión por los cabos sueltos.
Cuando dejen de alcanzar el talante, la armonía, el
matrimonio de las palabras y las imágenes que producen un efecto fresco,
memorable y verosímil.
Cuando dejen de consagrarse cada mañana a la idea de que
mejor publicidad es todo aquello en lo que la Compañía Leo Burnett consiste.
Cuando ya no sean lo que Thoreau llamó “una corporación
con conciencia” que significa para mi, una corporación de hombres y
mujeres conscientes.
Cuando ustedes empiecen a transigir en su integridad que
ha sido siempre la sangre y las verdaderas entrañas de esta agencia.
Cuando se rebajen a una cómoda practicidad y justifiquen
de manera muy racional sus actos de oportunismo por la avidez del dinero
rápido.
Cuando muestren el menor signo de crudeza, incorrección o
impertinente suficiencia y pierdan ese sutil sentido de lo adecuado.
Cuando su principal interés se convierta solamente en una
cuestión de tamaño —solo el hecho de ser grande— en vez de un trabajo bueno,
arduo y maravilloso.
Cuando sus perspectivas se reduzcan al número de
ventanas, de cero a cinco, en las paredes de su oficina.
Cuando pierdan la humildad y se conviertan
en mandamás sabelotodo, un poco demasiado grandes para sus zapatos.
Cuando las manzanas se conviertan solamente en manzanas
de comer o de pulir y ya no sean parte de nuestro tono o de nuestra
personalidad.
Cuando desaprueben algo y destrocen a la persona que lo
hizo y no al trabajo en sí.
Cuando dejen de construir ideas y den inicio a una
línea de producción de rutina.
Cuando dejen de creer que en el interés de la eficiencia,
un espíritu creativo y la urgencia de crear pueden ser delegados y
administrados y olviden de que solamente pueden ser nutridos, estimulados e
inspirados.
Cuando empiecen a hablar de boquilla de que esta es una
“agencia creativa” y dejen de ser una.
Y finalmente, cuando pierdan el respeto por el hombre
solitario: el hombre sentado frente a su máquina de escribir o su tablero de
dibujo o su cámara, o simplemente garabateando notas con uno de nuestros
grandes lápices negros o trabajando toda la noche en un plan de medios. Cuando
olviden que ese hombre solitario —y agradezco a Dios por él— ha hecho posible
la agencia que tenemos ahora. Cuando olviden que es el hombre que por estirar
su mano más alto, algunas veces alcanza a tomar por un momento una de esas
sensacionales e inaccesibles estrellas.
Entonces es cuando, chicos y chicas, insistiré en que quiten
mi nombre de la puerta. ¡Y por vida de Dios que será quitado de la puerta!
Incluso si tengo que volver a materializarme lo suficiente, una noche, para
borrarlo yo mismo de cada uno de los pisos de la agencia. Y antes de
desmaterializarme de nuevo cubriré con pintura el símbolo de la mano estirada
hacia las estrellas también. Y quemaré toda la papelería. Y quizás, al paso,
romperé algunos avisos.
Y tiraré cada maldita manzana por el pozo del ascensor.
No reconocerán ustedes el lugar al día siguiente. Tendrán
que buscarse un nuevo nombre".
Texto leído por Leo Burnett el 1º de diciembre de 1967.

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